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miércoles, abril 19, 2006

Los defensores de las causas ganadas*

Leo con atención la columna de mi buen amigo Cristóbal Guarello (el periodista deportivo más culto de la nación, aunque a algunos eso les provoque roncha) sobre Manuel Pellegrini, publicada hace algunos días en El Mercurio. Y le concedo gran parte de razón. Comparto casi todos los puntos. Y la línea argumental, absolutamente. Hoy es fácil colmar de lisonjas al técnico chileno. Tan fácil como era dispararle, por razones ambiguas y poco claras, hace un par de años, sobre todo por francotiradores que aseguraban saber más de fútbol que cualquier mortal. Para desgracia de ellos, algunos tenemos buena memoria y recordamos afirmaciones tajantes que muchos (por no decir todos) llegaron a abrazar como frases sagradas: el mejor futbolista del país era Paolo Vivar. Pedro González debería jugar como lateral izquierdo. Rodrigo Iribarren (sí, volante de Iquique) era el futuro Rodolfo Dubó. El polaco Goldberg la rompería en Europa. Y claro, Manuel Pellegrini estaba condenado el más sonoro de los fracasos.
Todos quedamos atrapados por los juicios tajantes. Válido es reconocerlo. Y no acercarse al sol cuando comienza a entibiar. A veces acertamos. En otras, erramos de lo lindo. Hoy es fácil endulzar al Ingeniero. Que es distinto. Que lo farreamos. Que es un superclase. Pellegrini es un buen técnico de fútbol. Lo es hoy y lo era en Palestino, a principios de la década anterior. Todos hemos cambiado demasiado nuestros juicios. Quizás quien más se asemeja al molde original es, precisamente, Pellegrini.
Allí radica su mérito. Durante años aseguró que las condiciones en Chile no estaban dadas para hacer un trabajo decente. Y se fue. Muchos han hecho el mismo diagnóstico. Y siguen profitando de los clubes que ellos llaman indignos. O comentando en tribunas ajenas de televisión. Comentando pésimo, si me permite el detalle.
Fácil es subirse al carro del inminente récord de Pedro González. Fácil es alabar a Claudio Borghi ahora. Fácil es sorprenderse con los maravillosos Massú y González. Son verdades que todos compartimos. Hoy prefiero admitir, las buenas y las malas.
Admito que no creía en el Villarreal. Pensé que se iba en primera fase. Admito que me agradó sólo ante el Inter como local. No antes. Admito que quiero que gane la Champions. Porque admiro a Pellegrini, porque se lo merece y porque el canal donde trabajo transmite los partidos. Y el submarino amarillo marca rating. Mucho.
Admito que alguna vez creí que Freddy Ferragut sería el volante de contención de Colo Colo.
Admito que me casi me fui a las manos por defender a Jorge Valdivia cuando era juvenil en Colo Colo. Y yo periodista juvenil contra un renombrado reportero.
Admito que no le daba dos semanas en el cargo a Jorge Pellicer.
Admito que siempre me gustó Claudio Bravo por sobre Jhonny Herrera.
Admito que soy majadero cuando hablo de Curicó Unido.
Admito que no me gustan los técnicos extranjeros en las selecciones locales.
Admito que le temo al relevo tras González y Massú.
Admito que jamás creí que Chile clasificaba al Mundial de Alemania.
Admito que Salas es mejor que Zamorano, pero soy ‘zamoranista’.
Admito que una vez me robé un súper ocho en el negocio de la esquina.
Admito que he leído muchos más libros que mis colegas, pero ellos creen que soy ignorante porque amo el fútbol.
Admito que voté por Gladys Marín.
Admito que voté por Lagos en segunda.
Admito que me gusta el rock.
Admito que a Maradona le perdonó todas.
Admito que me equivocó demasiado.
Finalmente, admito, que acabo de confesar cosas que no debí hacer. Pero no me arrepiento.
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* Cristián Arcos, periodista de la Universidad de Chile. Su labor profesional la ha desempeñado siempre en el área deportiva, ha trabajado en El Mercurio, La Tercera y Chilevisión.

viernes, abril 14, 2006

La Magia del Diablo Agüero *


Cada cierto tiempo, aparecen aquellos jugadores que resaltan por sobre los demás. Esos que deslumbran a todos los futboleros por la capacidad de transformar lo bello en simple, que despiertan admiraciones y orgullo entre los hinchas del club al que defiende, encumbrándolo a un nivel de semidiós.
Sergio Agüero, el ‘Kun’, con tan sólo 17 años y un par de meses, tiene de cabeza a los argentinos. Posee una facilidad endemoniada para apilar rivales en el camino, manejar los tiempos y dominar el balón con una sencillez casi única. Y eso que lleva 50 partidos en primera división, todos defendiendo a Independiente de Avellaneda.
Su particular sobrenombre, lo obtuvo en la niñez. Como todo niño disfrutaba de los monitos animados en la Tv, en especial de uno japonés llamado ‘Kum Kum’, que contaba la historia de un niño cavernícola y su familia. Un día alguien en su casa lo vió correr y dijo: “Mira, parece Kum Kum”. Con el tiempo, se quedó en 'Kum' hasta derivar finalmente en 'Kun'. En todo caso, de que hay un parecido entre el crack y el dibujo, lo hay.
Debutó algunos minutos contra San Lorenzo el 2003 y de ahí no ha parado de recibir elogios y patadas. Cesar Luis Menotti lo comparó con Romario. Es verdad que por velocidad, destreza y definición, no tiene nada que envidiarle al ‘Baixinho Infernal’, pero la verdadera comparación es la que le lanza la historia al joven 10 de los diablos rojos, esa la que lo relaciona con la herencia de vestir y llenar el vacío del máximo ídolo que colmó de gloria a Independiente: Ricardo Enrique Bochini.
Bien alta dejó la valla el 'Bocha' al pobre 'Kun'. Ahora no es común que un jugador milite 19 años en un mismo club y que no quiera jugar en Europa, como sucedió con Bochini. No es común que se aburran ganado copas con la camiseta que creciste y a la cual has querido toda tu vida. La rapidez del dinero ya tiene sus ojos puestos sobre él: lo quiere Chelsea, lo quiere Barcelona que hizo el negocio del siglo llevándose a un quinceañero y desconocido en ese entonces: Lionel Messi, otro delirio de los trasandinos por estos días. Es más, el mayor dolor de cabeza de la dirigencia de Independiente es retenerlo un año más, para que por lo menos juegue la Sudamericana o la Libertadores del año que viene, se ve difícil…
Si algo tienen en común estos dos jugadorazos (aparte de la camiseta y el número), es su notable capacidad para definir un partido en un instante. El domingo pasado, de visita en Liniers, el 'Kun' necesito 10 minutos para acabar con Vélez. En un partido sin muchas emociones, agarró la pelota fuera del área grande, se pasó a 3 defensores como si nada y definió a la derecha del ‘Gato’ Sessa con un suave toque. Ni siquiera se arrugó. Dos minutos después, hizo lo mismo: “Agueero, Agueeero” se escuchaba desde el sector visitante.
Otra del 'Kun', quizá la más significativa para los hinchas, son sus goles contra Racing, el clásico rival. De aquí rescatamos 2 partidos: el primero jugado en cancha del rojo, año 2005. Independiente ganaba 3-0 a una Academia que no reaccionaba y aún se vivía duelo por la muerte de Lucas Emiliano Molina, arquero suplente y amigo de infancia de Agüero. El estadio era una caldera y los hinchas de Racing quemaban su galería -en una de las tantas maneras estúpidas y sin sentido de demostrar su descontento- por la goleada que recibían. Kun pide la pelota en el medio y comienza el festín: fintas iban, patadas venían, rival en el suelo; “oolee, ooole” y los enganches seguían; Agüero continuaba avanzando humillando rivales, obligando al 'Cholo' Simeone a tragarse el cuchillo con el que jugaba entre los dientes, más un poco de pasto. Llega al borde del área, pasa volando un defensor que si lo agarra lo quiebra ¿Y qué hace? Sangre fría, cadera para un lado, remate bombeado al otro lado del arquero: Golazo y la doble visera que se vino abajo. La leyenda “Para vos Emiliano” en la polera que traía abajo, no fue más que la guinda de la torta.
En el último clásico este año (Racing local), nuevamente se robó la película y resolvió el partido en 5 minutos. Primer tiempo trabado y el debutante entrenador de la Academia, Simeone estaba salvando la tarde. Pero en el segundo tiempo Racing desapareció (y no ha aparecido más en el resto de campeonato) o más bien, sucumbió a 2 genialidades del 'Kun' que nuevamente se pasó a medio equipo rival con una facilidad pasmosa.
Ricardo Bochini fue parte de la Argentina de Bilardo y Maradona, campeona en 1986. Sin embargo, jugó sólo algunos minutos. Dicen que fue opacado porque Diego estaba en su mejor momento, ese instante en el cual dejó de ser el cebollita triunfador y paso a ser Dios (ó D10s como escriben algunos). Dicen que jugó más por reconocimiento. Pero nadie duda del mérito de esa copa y de las otras que ganó (con mayor participación, claro está) con el equipo de toda su vida (4 campeonatos de Primera, 4 Libertadores, 3 Interamericana y 2 Intercontinentales).
Y aquí, viene la polémica. Argentina se apresta a jugar el mundial, todo el mundo pide a Agüero a gritos, Pekerman se hace el sordo. Raro, considerando que fue parte del plantel sub 20 campeón mundial, dirigido por el mismo DT. Si bien no fue titular en todos los partidos, cuando jugó hizo una dupla de temer con Messi. Gran problema tiene el pobre José en todo caso: ¿Puede quedar fuera Aimar, Lucho González o Riquelme por un niñito que hace sus primeras armas en el profesionalismo? Pero, ¿no es acaso que en una selección y sobretodo en un mundial debe llevar a los mejores?
La respuesta, la justificación de por qué Sergio Agüero merece ir a Alemania (a jugar, no de vacaciones) esta en dos palabras: alternativa y solución.
Agüero es una alternativa, por las características de su juego, por la adaptación de éste: puede jugar de enganche ó delantero. Puede suplir la potencial falta de Tévez, se complementa con la velocidad de Messi y es el nexo perfecto entre un Juan Román enclavado en el medio y un Crespo parado como poste en el centro del área.
El 'Kun' es solución para un partido cerrado. Con su talento y los rivales desgastados puede tener la pelota, causar la expulsión de un contrario o definir el partido, como lo ha hecho antes. ¿Tiene Argentina otro jugador de esas características que pase por tan buen momento?
La duda se disipará pronto, cuando Pekerman entregue la nómina mundialera. Mientras tanto, a seguir disfrutando de la magia que derrocha en Avellaneda; pero la ambición de los que nos engolosinamos con el talento, necesita ser saciada viéndolo frente a los mejores; demostrando con cada gambeta que puede ser el mejor. Siempre hacia delante, igual que el 'Bocha' años atrás.

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Pamela Venegas, estudiante Periodismo UAH.


lunes, abril 03, 2006

El capitán Garra*

El capitán Garra era buena onda. De humor fácil y disposición abierta. Se vestía con atuendos formales. Cascos enormes. Manos enguantadas. Silbato en la boca. Encima de su moto recorría las inmediaciones del estadio. Levantaba polvo y su silueta relucía inconfundible. Siempre, a la hora comprometida, aparecía puntual en la puerta acordada de antemano. El capitán Garra alzaba la voz y le ordenaba a los guardias de turno dejar entrar a los muchachos. Permitir el ingreso. No fiscalizar como a los demás. Hacer vista gorda.
Y los muchachos hacían lo de siempre. Cantaban gran parte del juego. Tiraban humo blanco desde los costados. Entonaban adaptaciones de himnos rioplatenses. Y si era necesario, reaccionaban a su modo. Y así dejaron su estela en todos los estadios donde les permitieron el ingreso. En carreteras, buses, trenes, micros, calles y avenidas.
El viernes siguiente, antes del partido, bastaba un llamado al capitán Garra para que el ingreso al estadio fuera -otra vez- gratis.
Ojalá el capitán Garra fuera un personaje ficticio, un invento de mi mente fugaz, generado como un especimen para hacer más coherente este escrito. Pero existía. Existe. Y era feliz de ser reconocido por este apodo. Porque controlaba a los muchachos. Porque lo querían. Porque lo respetaban.
Y ojalá el final del capitán Garra fuera distinto. En una protesta, sufrió una grave agresión. Uno de los muchachos que lo querían, lo respetaban, uno de esos que él controlaba, le disparó. Y no pudo trabajar más. Perdió una parte de su cuerpo. No entraré en detalles.
Los agresores en los estadios siguen ahí. Y las medidas de seguridad continúan contra quienes cumplen la ley. Jamás contra quienes saben que delinquen. Todos saben cómo se llaman los infames. Dónde se instalan, cuál es su alias, su dirección, la puerta por la cual ingresan al estadio, el sitio por dónde se escabullen, sus números telefónicos para ser localizados. Y no hacen nada. Porque los dirigentes no sólo los amparan y protegen. Les temen. Y mucho. Porque los futbolistas financian sus viajes. Y les temen. Mucho. Porque los medios de comunicación mostraban sus cantos y sus figuras encumbradas en las rejas como sinónimos de pasión. Y les temen. Mucho.
Los ejemplos de solución son múltiples. Que los ingleses antes destruían todo y ahora no tienen reja. Que en Italia a los equipos ligados a esas hinchadas los descendieron de categoría. Que en Argentina no entran más a la cancha. Pero no estamos en Inglaterra, ni en España, ni en Argentina. Estamos acá. El problema es grave, pero la solución sencilla. A los dirigentes del fútbol chileno: ¿Permitirían el ingreso de esos hinchas en el living de su casa? A las autoridades civiles: ¿Accederían compartir espacio con los muchachos? A los medios de comunicación: ¿Pasarían una temporada con similares personajes?
No hay que pescarlos. Darles su verdadera importancia. Encerrarlos. Demostrarles que no hacen falta. Que esto no es de ellos. Que sigue siendo de quienes amamos la pelota. Y sus variaciones.
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* Cristián Arcos, periodista de la Universidad de Chile. Su labor profesional la ha desempeñado siempre en el área deportiva, ha trabajado en El Mercurio, La Tercera y Chilevisión.